viernes, 24 de agosto de 2007

El fantasma atípico

Es menester entre los fantasmas cumplir con el rutinario e indispensable trámite de la muerte, para alcanzar su condición. Es tradición, además, el llenado de ciertas formalidades para facilitar el alcance de esa categoría ultraterrena. Una vida de iniquidad o frustraciones, una muerte violenta, o en penosas circunstancias, algún ajuste de cuentas que el aparecido tiene pendiente con gentes que todavía se ubican en esta orilla de la laguna Estigia, o algun anatema o eterna maldición lanzado sobre el futuro especto por alguien, preferentemente por un ministro de la fe, son condiciones que facilitan la promoción del difunto a la categoría de fantasma. Una vez alcanzado este estado, el difunto puede dedicarse a infundir espanto entre los desprevenidos que, por imprudencia o mala fortuna, se topan con él.
Después de todo, las almas en pena tienen como único entretenimiento provocar temor y desesperación entre los vivos. La poca consistencia física de que hacen gala, los obliga a desplazarse de noche, porque las fuertes luces diurnas encandilarían de tal modo su cuerpo etéreo, que pasarían inadvertidos.
Sin embargo, el fantasma de que hoy nos ocupamos, se había empeñado sistemáticamente en violar todas esas reglas que los espectros honorables cumplen a rajatabla. En efecto, el ente a quien me refiero, deambulaba a plena luz del día, a su antojo, y no estaba limitado a localización geográfica alguna, como el estrecho ámbito de un caserón en ruinas, por ejemplo. Por el contrario, se alojaba en caros hoteles, y vestía elegantes trajes en contraste con las harapientas, y a veces sangrientas, sábanas y sudarios de sus congéneres. A diferencia de otras almas atormentadas, como el célebre Tántalo, nuestra aparición tenía acceso a los más exquisitos manjares, y, por si esto no fuera suficiente, gozaba de los placeres que hermosas cortesanas le poroporcionaban.Tampoco profería gruñidos ininteligibles o desgarradores gritos. Su discurso consistía en una sarta de patrañas perfectamente inteligibles, aunque raramente creíbles. Completando lo inusual de su conducta, no hallaba placer en amedrentar a las personas, sino que pretendía que todas las personas le amaran y admiraran.
Todas estas flagrantes irregularidades de nuestro espectro serían hasta cierto punto perdonables, a no ser porque, en su empecinamiento por hacer todo lo opuesto de cualquier aparecido normal, omitió también morir, convirtiéndose en el único fantasma vivo que se conozca.
Posiblemente esta historia le resulte increíble al lector. Yo mismo, he de admitir, no estoy seguro de estar relatando un acontecimiento real, o una leyenda, producto de la febril imaginación de los naturales de Anillaco.


Autor: Gustavo.

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