viernes, 7 de septiembre de 2007

La transformación de Daniel

Daniel siempre fue un tipo difícil. Con los amigos no, con ellos era de fierro. El problema era con las mujeres. Les daba mala vida. No le interesaba en lo más mínimo lo que ellas sintieran. Cuando conoció a Claudia, todos pensaron que iba a cambiar. Ella sabía como era él, pero confiaba en poder corregirlo. Sobre todo cuando se casó. Pero no, ni ella consiguió ordenar su vida. Las trasnochadas, las desapariciones por varios días, sumadas a la plata que se jugaba (más de lo que él ganaba), las periódicas borracheras y su mal carácter hacían la vida de Claudia un tormento. Como padre, tampoco asumía ninguna responsabilidad. Ocho años duraba esa situación, porque ella no tenía el valor para separarse, suponíamos nosotros. Hasta el día del accidente. Iba borracho por la autopista, con otra tipa, cuando chocó con el camión. Once días en coma, y Claudia no se separó de su lado ni un minuto. De pronto, Daniel abrió los ojos como si nada hubiera pasado. Ni una amnesia le quedó como secuela. Se acordaba de todo. Nos preguntábamos cuando iba a empezar de vuelta con esa vida de descontrol, pero nos llevamos una sorpresa. Empezó a quedarse en la casa, a preocuparse por los hijos. Alcohol, solo un poco en las comidas. Consiguió un trabajo mejor, y dejó de llegar tarde. Hasta hacía la mayor cantidad de horas extras que podía. Se terminaron el escolazo y las infidelidades. Hasta empezó a ayudar en las tareas de la casa, justamente él que nunca había lavado un plato, ni cocinado una milanesa. Si hasta iba a los actos del colegio, y nos contaba a todos lo bien que los nenes habían actuado. Cuando nos enteramos de que ahora se acordaba hasta de los aniversarios, y dos por tres llevaba flores a la casa, empezamos a creer en los milagros.

Un buen día, me llamó desesperado. Había llegado puntualmente del trabajo, y ella no estaba. Le había dejado una nota. Se había llevado a los chicos, también. Quería el divorcio. Se negaba a hablar con él.
Como amigo de los dos, interpuse mis buenos oficios. Llamé a Claudia para pedirle que me explique las cosas. Nos encontramos en un café.
—Escuchame, Clau —le dije— me podés explicar qué carajo te agarró? Ahora que Daniel cambió, por un milagro, y es el marido que vos siempre quisiste que fuera, ¿te rayás y tirás todo a la basura? Después de todo lo que le bancaste hasta ahora... no sé, te juro que no te entiendo.
—¿Sabés que pasa?— me dijo ella— Cuando yo me casé con él, sabía como era. Que era mentiroso, egoísta, borracho, jugador y mujeriego. Y estaba dispuesta a cambiarlo. Toda la vida iba a tratar, te lo juro. Pero después, cuando tuvo ese puto accidente, cambió solo. Te das cuenta? S-O-L-O. El palo que se pegó con el coche pudo más que mis años de paciencia y esfuerzo.
—Bueno, como sea, pero ahora es el que vos siempre hubieras querido, ¿o no?
—No entendés. Claro, sos hombre. No importa que él ahora sea mejor tipo que antes. Si una mujer no puede cambiar a un hombre, no tiene sentido que sigan juntos. Y ahora, no puedo cambiarlo más. Me quedé sin ilusiones, y así no quiero seguir.


Mientras me iba del café, pensé que uno nunca termina de entender a cierta gente. Y que asomarse al amor, es como asomarse a un acantilado. Uno está en peligro mortal, y sirve de diversión para el que esté mirando.


Autor: Gustavo
Colaboración: El Gaucho Santillán

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