martes, 31 de marzo de 2009

EL HERRERO


Demetrio era el herrero del pueblo, desde que yo era pequeño. Decía ser griego, pero nadie sabía de dónde había venido. En un pueblo de agricultores, como el nuestro, siempre había herramientas que afilar o reparar, y Demetrio era muy bueno en su oficio. Cuando pequeño, me encantaba verlo trabajar en su yunque. Por lo demás, no tenía parientes ni se le conocían aficiones, salvo tomar de vez en cuando una copa de vino en la taberna.

Dejé de verle cuando abandoné el pueblo para ir a estudiar, y después de hacerme periodista, me encontré con que nada me impulsaba a volver. Lo cierto es que, cuando heredé en otra ciudad una casa que había pertenecido a mi bisabuelo,y en la cual acababa de morir su única habitante, una anciana tía que me nombró su heredero universal, decidí revisar la propiedad.

Entre las cosas que encontré al inspeccionar el altillo de la casa, estaba el diario de mi bisabuelo, que había emigrado desde Europa oriental muchas décadas atrás. Además del diario, estaban sus fotos, ya que la fotografía era a la vez su profesión y su pasatiempo. Con cuidadosa caligrafía, mi antepasado había escrito en el reverso de las fotos, comentarios y referencias cruzadas indicando en qué páginas de su diario se hacía mención a las personas retratadas en ellas.

Algunas me llamaron de inmediato la atención: eran fotos del herrero de su pueblo, en Silesia, trabajando en su yunque. El herrero era en todo idéntico a Demetrio, y, según pude leer en el reverso de una de ellas, también llevaba ese nombre. Revisando el diario, comprobé que el misterioso herrero, que vivía y trabajaba frente a la casa de mi bisabuelo, también afirmaba ser griego y para asombro de mi ancestro no parecía haber envejecido ni un día en las más de tres décadas durante las cuales habitó en ese lugar.

Mi bisabuelo afirmaba que cierta noche de 1914 había visto a una figura embozada y provista de una guadaña que se acercaba al taller del herrero, y que era a su vez la vivienda de Demetrio. Afirmaba que al poco rato escuchó el inconfundible ruido del martillo de Demetrio trabajando en la fragua. Anotó este suceso en su diario seguramente porque le pareció inusual que alguien llevara una herramienta de labranza a afilar con urgencia, en medio de la noche. Además, según observó, al día siguiente, el habitualmente impasible Demetrio se veía abatido y cabizbajo.

Según el diario, un par de días depués, el herrero abandonó el pueblo, sin dar a nadie razones de su apresurada decisión, y nunca nadie volvió a saber de su paradero. Unos pocos días después, la Gran Guerra estalló, y el mundo de mi bisabuelo y el de los otros habitantes del pueblo ya no volvería a ser el mismo.

Siguiendo un impulso innato en todos los que compartimos la profesión del periodismo y no pudiendo resistir la curiosidad de profundizar en el tema, decidí volver al pueblo donde nací, y hablar con el herrero, si todavía estaba allí. La idea de una serie de herreros homónimos, e idénticos, que se pasaban la profesión y hasta el nombre de padre a hijo me parecía buen tema para una nota.

Al volver al pueblo, comprobé con alivio que el herrero aún estaba allí, aunque, según algunos vecinos me contaron, tenia pensado abandonar el pueblo en un par de meses. Dirigiéndome al taller de Demetrio, me dí a conocer, porque luego de quince años había cambiado lo suficiente como para que no pudiera reconocerme a simple vista. Èl, por su parte, no había cambiado en lo más mínimo.

Decidí ir al grano y mostrarle el diario de mi bisabuelo, y las fotos de otro Demetrio. Le pregunté si era una asombrosa coincidencia, o, como yo creía, una relación de parentesco ligaba a ambos herreros. De paso, le pregunté sobre lo invariable de su aspecto, pese a los años transcurridos, otro extraño rasgo que también compartía con su antepasado, según el diario de mi bisabuelo. El herrero dijo que tenía un relato asombroso que contarme. Algo que tenía guardado desde hacía mucho, pero que le haría bien relatar, para desahogar su conciencia. Lo que me dijo, superó todas mis expectativas.

“El herrero de la foto no es mi antepasado, sino yo mismo-dijo Demetrio-. Soy griego, y Demetrio es mi verdadero nombre, pero nací en Micenas, cuando los muros de Troya aún estaban intactos. En esa época, yo ya era herrero. El más afamado de Grecia. Las mejores lanzas, las espadas más filosas, los escudos más resistentes, eran obra de mis manos. Cuando el infame ladrón de Paris perpetró su traición, Agamenón, Menelao y los otros príncipes y reyes aqueos me llevaron con ellos en su expedición punitiva. Siempre hay trabajo para un buen herrero, afilando arados o espadas, lo mismo da.

Tras acampar frente a los muros de Troya, el ejército de los aqueos dio a Príamo una oportunidad de evitar la guerra, pero el anciano era demasiado orgulloso para aceptarla, de modo que nos preparamos para recuperar por la fuerza lo que de buen grado se nos negaba. La noche antes de la primera batalla, estaba solo en mi tienda descansando, cuando una figura embozada entró. No puedo describir el horror de ver esas cuencas vacías, esas manos descarnadas…creías, acaso que la imagen de la Parca es solo una alegoría…? No, yo, que la he visto, puedo asegurarte que es tan real como tu y yo.

La Muerte me habló, y todavía se eriza mi piel al recordar sus palabras. Me pidió que afilara su guadaña, porque, me dijo, tenía muchas vidas que segar en el tiempo venidero. Traté de resistirme, pero fue tan persuasiva…hay acaso modo de negarle algo? Me dijo que, siendo yo el mejor herrero, haría que su herramienta fuera más filosa. El cuello de tantos valientes, agregó, no merece ser cercenado con un filo mellado. Al final, el resultado es el mismo, pero mucho más doloroso. Aún quienes deben morir en medio de tormentos, sufrirían mucho más, me explicó.

De modo que ahí estaba yo, conminado a hacer, por arte de mi oficio, menos penoso el paso al Hades de aquellos que, de todos modos, estaban de antemano condenados. Tuve que aceptar. Que hubieras hecho tú, en mi lugar ? Mi recompensa, o mejor dicho mi castigo, fue la inmortalidad. Tengo que estar disponible cada vez que la Muerte me necesita para afilar su herramienta.

Muchas veces me visitó, desde esa primera noche. Algunas de ellas, antes de importantes y sangrientos sucesos. Me visitó en las vísperas de Cannae, de Hastings, del brote de Peste Negra, de Hiroshima…cada vez con más frecuencia, porque cada siglo que pasa, hay más vidas que segar.

Durante todos estos siglos, no he envejecido, ni me he enfermado nunca. Cada tanto, debo mudarme a otro lugar antes de despertar sospechas. La gente no entendería que esto que hago es un deber, y un castigo, pero nunca un placer. Siempre he estado solo, no soportaría ver morir a alguien querido y saber que yo he aguzado el filo que segó su vida. Por eso dejé ese pueblo en Silesia. Sabía que muchos buenos hombres que conocía iban a morir en la Gran Guerra, y no tuve el coraje de verlo. “

Decidí que la historia de Demetrio, de publicarse, nunca sería creída. Siempre había sido un periodista serio, y no soportaría que me tomaran por loco. Me despedí del herrero, no sin antes pedirle que siga haciendo bien su trabajo. Cuando me llegue la hora, espero que la hoja de metal esté afilada, y que el golpe sea certero.



(Autor: gustavo)

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jueves, 5 de marzo de 2009

PRIMER CONTACTO.



Tras décadas de infructuosos intentos por detectar la presencia de inteligencias extraterrestres, que hicieron a algunos investigadores albergar la sospecha de que tal vez los humanos estuviéramos solos en la inmensidad del Universo, finalmente el 28 de junio del 2059 se dio el primer contacto con una forma de vida alienígena.

Fue a los tripulantes de la Estación Espacial Hawking, de la Agencia Espacial Europea, a quienes les cupo el honor de ser .los primeros en establecer comunicaciones, para gran desencanto de las otras naciones que tenían bases en el espacio : los norteamericanos, los chinos, los rusos, los norcoreanos y los iraníes.

El día antes mencionado, las comunicaciones de la Hawking fueron interferidas por un mensaje transmitido desde una nave interestelar que apareció súbitamente frente a la estación espacial. El gigantesco vehículo, cuya longitud aproximada se estimaba en unos 3500 metros, se desplazaba a una velocidad incalculable y sus tripulantes afirmaron provenir de un planeta al que llamaron Terpenius, que, según relataron, se hallaba a varios miles de años luz de la Tierra.

Los visitantes afirmaron que desde tiempo atrás estaban observando la civilización terrestre, y habían llegado a la conclusión de que nuestra raza había llegado a un grado suficiente de evolución como para beneficiarse del contacto con culturas más avanzadas. Pedían, como muestra de buena voluntad y para comenzar con el intercambio, la entrega de varias decenas de miles de toneladas de uranio, oro, platino, iridio y otros metales raros que, según afirmaban, estaban escaseando en Terpenius. Aseguraban, además, que la humanidad solo tenía que encargarse de poner en órbita un contenedor con los preciados minerales, y que luego los terpenianos mismos se encargarían de trasladarlo a su mundo. Los visitantes afirmaban que esperaban la decisión terrestre en seis meses.

Numerosas y febriles negociaciones tuvieron lugar entre los representantes de las naciones europeas, evaluando las posibles alternativas. Finalmente, los gobernantes consideraron que, si bien lo solicitado por los extraterrestres representaba la casi totalidad de las reservas europeas de los minerales mencionados, las ventajas del intercambio con una cultura tan avanzada superarían largamente los inconvenientes de la pérdida de esos valiosos e irreemplazables metales, dando a la vieja Europa un irrefrenable impulso tecnológico.

Así las cosas, y a costo de enormes esfuerzos, cuando seis meses después la nave regresó, ya estaba en el espacio el gigantesco contenedor repleto de los valiosos metales. Los terpenianos cargaron en la bodega de la inmensa nave el material, y prometieron regresar a la mayor brevedad para cumplir con su parte del intercambio.

Tras otros quince meses de tensa espera, la nave regresó, encabezando una flota de quinientos artefactos similares, los cuales, atravesando la atmósfera terrestre, descendieron en múltiples puntos de todos los países europeos, donde descargaron enormes contenedores blindados con una espesa capa de plomo. Sin más aclaraciones, y negándose a tener conversaciones con los líderes europeos, emitieron un comunicado expresando su benplácito por la fructífera colaboración entre Europa y el Imperio Terpeniano, y se retiraron apresuradamente.

Cuando los científicos europeos se decidieron a abrir los contenedores esperando encontrar maravillas tecnológicas comprobaron, para su desmayo, que todos estaban llenos de deshechos radiactivos altamente contaminantes. Los astutos terpenianos, decididos a descontaminar su planeta, habían usado a Europa entera como depósito de residuos. Para complicar las cosas, los extraterrestres habían construido los contenedores de tal modo que, si se trataba de abrirlos o desplazarlos de los puntos donde habían sido depositados, una explosión liberaba el contenido contaminando todo en un radio de 50 kilómetros.

Si bien las otras Grandes Potencias expresaron su indignación por la estafa perpetrada por los terpenianos, y enviaron los mensajes oficiales de rigor, expresando su fingida solidaridad, sus gobiernos respiraron aliviados: la temida ventaja tecnológica europea no se concretaría.

En otras partes del mundo, entretanto, los habitantes empobrecidos de muchas naciones de Asia, África Oceanía y América, sonreían satisfechos. Y es que, siglos después de que sus antepasados tuvieran que someterse durante generaciones a los supuestos beneficios de una civilización impuesta por la fuerza, finalmente alguien les había vendido a los europeos espejitos de colores.



Autor: gustavo

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