jueves, 16 de abril de 2009

EL SECRETO DE JACK.


El hombre se incorporó trabajosamente y preparó otra dosis de láudano.

Afuera de su habitación , en la campiña circundante, la primavera se empezaba a hacer notar. Braunau an Inn era un lugar tranquilo, muy apropiado para sus propósitos. Mentalmente, Jack comparó el paisaje luminoso con la bruma londinense que había dejado atrás, y se congratuló por su decisión de abandonar Inglaterra. No tenía nada más por hacer en esa isla que lo vio nacer, y en cambio los futuros pasos de su plan se desarrollarían allí, en Austria.

Mientras el láudano comenzaba a hacer efecto y calmaba su dolor, Jack trató de repasar todos los detalles. Era fundamental resistir el tiempo exacto, permanecer con vida hasta que tuviera lugar el nacimiento. Solo necesitaba unos minutos, a juzgar por la agitación que percibía en la habitación contigua. Una hora atrás había escuchado al dueño de la posada cuando enviaba al mozo de cuadra en busca de la comadrona.

Hacía un rato que ésta había llegado y había comenzado a asistir en el nacimiento.

Jack no era, en realidad, su verdadero nombre, pero por Jack se lo conocería durante los siglos venideros. Jack the Ripper, el hombre que se había burlado de la policía británica y había aterrado a la sociedad victoriana. Audaz, elusivo y perverso, había asesinado y mutilado entre el 31 de Agosto y el 9 de Noviembre de 1888 a cinco prostitutas en Whitechapel, un sórdido distrito londinense. Y, paradójicamente, cuando Jack comenzó a matar, ya sabía que sus días estaban contados.

Los oficiales de Scotland Yard, desorientados, le atribuirían erróneamente otras muertes semejantes, y se quebrarían la cabeza en el curso de sus investigaciones tratando de determinar cuáles, de las numerosas notas anónimas, burlonas y desafiantes que llegaban a manos de la policía habían sido realmente enviadas por el asesino. En realidad, ninguna de ellas había sido escrita por Jack, y todas eran obra de bromistas o lunáticos.

La policía nunca sabría que los crímenes de Jack eran un medio, y no un fin en sí mismos. Predaba en las prostitutas porque eran víctimas fáciles de atacar. Para cumplir con su propósito, la vida de cinco mujeres era necesaria. Cinco, daba igual su profesión o edad. Lo que era fundamental, era el ritual. Cada víctima tenía que ser sacrificada en una forma predeterminada. Lo de Jack, aunque para los profanos parecía una carnicería sin sentido, era una ciencia exacta.

En su torpeza, los detectives creían que su odio maníaco se enfocaba en las callejeras. No habían entendido el único mensaje que Jack les había hecho llegar, escrito con tiza en una pared.

Aunque hubiesen comprendido que allí estaba la clave, el móvil de todo, nunca lo creerían. Cómo podrían creer que Jack era un maestro de las artes oscuras, a cuyo estudio había dedicado la mayor parte de su vida, y que había descubierto el modo de reencarnar?

Por eso, al saber que se moría, y que solo tenía unos meses de vida, apuró sus planes. Cumplida su misión en Inglaterra, estaba libre para buscar su nuevo cuerpo, el que le permitiría realizar su misión. Y su búsqueda lo había llevado a ese pueblo, a esa posada con el pintoresco nombre de Gasthof zum Pommer, donde estaba por nacer, en la habitación contigua, el cuarto hijo de una mujer llamada Klara, y su esposo Alois.

Cuando su espíritu se transfiriera al recién nacido, comenzaría una nueva vida y podría dedicarse a su verdadera obra, la de limpiar la Tierra de esa raza maldita, que nunca recibía su merecido castigo. Su mente volvió por un segundo a la clave que había dejado para la posteridad, deliberadamente mal escrita en la pared de un callejón londinense luego de cobrarse una de sus víctimas: The Juews are not the men that will not be blamed for nothing….los judíos son los hombres que no van a ser culpados de nada.

Pero ahora, la historia cambiaría. Dedicaría toda su nueva vida a combatirlos, hasta la victoria final. Y así, con ese último pensamiento, Jack exhaló su bocanada final de aire mientras en el cuarto adyacente, en ese preciso instante, ese 20 de abril de 1899, nacía Adolf, el hijo de Klara Pölzl y su esposo Alois Hitler.



(Autor: gustavo.)

Etiquetas: , , , ,