lunes, 22 de marzo de 2010

DON OBDULIO



Hombre de respeto.


Un día fui a comprar masilla al corralón. Don Obdulio estaba solo, tomando mate. Sus hijos había ido con la chata a comprar material.Nos pusimos a conversar, y yo le dije que me gustaría saber algo más de su vida. Le dije abiertamente que me parecía difícil de creer que alguien tan amable hubiera tenido un pasado tan feroz.



Don Obdulio Terrada era el dueño del corralón del barrio. Además, la gente lo miraba con una mezcla de respeto y miedo, porque era, ya superados los setenta años un hombre con un pasado memorable. Se decía que había participado en heroicos duelos a cuchillo y con arma de fuego, y había sido la mano derecha de un legendario caudillo de la zona. Mientras la mayoría de los compadritos de su época habían muerto en esquinas oscuras, o consumidos por la cirrosis a edad temprana, don Obdulio se había sustraído a ese destino y había prosperado.


En el barrio se decía que era porque seguramente había sido el más guapo de todos los guapos.

Me dijo que tenía ganas de contarle a alguien como fueron las cosas en realidad, porque toda su vida había sido un malentendido. Ni su familia se animaba a preguntarle de su pasado, según sus propias palabras. Se apresuró a aclarar que nunca hubiera creído de chico que fuera a terminar convirtiéndose en un guapo temido. Me pidió, eso sí, que no escribiera nada de lo que iba a contarme mientras él estuviera con vida. Después, me dijo, poco podría importar.


Nací en Olavarría-empezó por aclararme-y soy el menor de dos hermanos. Mi hermano se fue a Mendoza cuando mis padres murieron, y yo me quedé en el pueblo, trabajando en el campo. Siempre había sido sano como un roble de chico,pero recién había cumplido los veinte, cuando me empecé a sentir mal. Tenía fiebre, dolores en las coyunturas, no podia comer y sudaba mucho. Fui a ver al medico del pueblo,que tenía fama de ser bueno. Me revisó, y me dijo que me iba a morir, nomás. Que no había nada que hacer, y lo peor, que iba a sufrir mucho, porque la enfermedad era dolorosa. Dijo algo de un tumor. Le cuento que el medico hace mucho ya que se murió, y yo sigo acá.


El asunto es que estuve pensando la cosa, y lo de morirme no me gustaba, pero eso de sufrir, menos. No se lo conté a nadie para no andar dando lástima y fui a un boliche, a quemarme un poco por dentro con unas ginebras. Yo no tenía costumbre porque casi no tomaba, de una vez que me emborraché mal. El asunto es que empecé a tomar una copa atrás de la otra. El bolichero me preguntó qué me pasaba, porque sabía que yo no tenía el vicio, pero yo le dije que siguiera sirviendo, nomás. La cosa es que entró al boliche un tal Varela, uno que tenía fama de malo y en el pago todos lo esquivaban, porque ya había matado a dos peleándolos con el facón. Como me vió tan mamado que me tenía que agarrar al mostrador, me quiso sobrar y dijo algo.


No me acuerdo bien, pero fue algo de que el alcohol era para hombres. Yo, según me contaron después, le dije que era más hombre que él. Se me acercó, y yo lo empujé. Como se dará cuenta, ahí no había vuelta atrás. Me dijo de salir, y aunque los del boliche quisieron convencerlo de que yo no sabía lo que hacía, la verdad es que me tenía que hacer cargo. Un hombre siempre se tiene que hacer cargo de lo que dice, por borracho que esté. Lo único que me faltaba, que tuvieran que salvarme! Además, mejor morir en un duelo que sufriendo como un perro, pensé. Uno me prestó un cuchillo, porque yo ni tenía, y salimos para afuera, al campito que había enfrente.



Yo nunca había peleado, pero había visto dos o tres duelos, porque entonces había peleas seguido por cualquier pavada. Empezamos a vistearnos, y yo hacía lo que podia. No me va a creer, pero en eso pisé un charco y resbalé. No se ni como me moví, pero parece que para no caerme debo haber movido el cuerpo medio raro, y estiré el brazo con el cuchillo y el otro se desorientó. Cuando me quise acordar, lo tenía ensartado y pataleando.


Me dijeron que mejor me fuera del pago, por si el muerto tenía amigos, pero yo dije que no. Para qué, pensé, si el doctor ya me había dicho que me iba a morir! Mejor morirse en el pueblo de uno, pensé. El comisario dijo que fue un duelo justo, y me soltó enseguida.


A la semana se me apareció al boliche a buscarme uno, que se hacía el taura y se enteró de que yo lo había madrugado a Varela y quería hacerse un nombre a costa mía. Me empezó a provocar, y yo me dije “bueno, capaz que con éste tengo más suerte, y me despacha”, asi que le acepté el desafío, nomás. Pero por más que uno quiera morirse, hay algo que hace que uno se defienda, vea. Como instinto, que le dicen. Esa vez, peleamos en la puerta del boliche.


Estaba oscuro, y no se veía casi nada, porque ni luna había. La única luz, era del farol a querosén que estaba en el mostrador del boliche. Así oscuro, hay que moverse sobre seguro, asi que ninguno de los dos arriesgaba mucho. No me va a creer, pero de golpe un lechuzón salió volando de no sé donde y casi le pega en la cara al otro.


El hombre se asustó, y se movió para adelante. Fue casi como si él se hubiese clavado solo, vea.


Con dos muertos a cuestas, la gente me empezó a respetar como si yo fuera un guapo bárbaro. Lo mejor de todo, es que ya me sentía mejor, y hasta estaba engordando de nuevo. Ahí me dí cuenta de que el doctor por ahí se había equivocado y no me iba a morir nada. Entonces pensé en venirme para Buenos Aires donde no me conocieran, porque no tenía ganas de que venga otro a buscarme al pago para pelearme, ahora que ya no me quería hacer matar.


Y así fue que me vine para acá, y conseguí un trabajo en el Mercado Central. Al principio venía todo bien, pero después me persiguió el destino. Uno de Olavarría, que me conocía, también se vino para acá y consiguió trabajo ahí mismo, y se encontró conmigo, y le contó a algunos que yo era un cuchillero. Se corrió la bola, y otro pendenciero, un tal Barroso, me vino a buscar. Era el matón del lugar, y todos le tenían miedo. Me dijo, delante de todos, que me esperaba cualquier noche en la esquina donde siempre paraba, si me animaba.


El hombre era peligroso, y yo estaba asustado, vea. Estuve cavilando todo el día, y pensé que lo mejor que podia hacer era tratar de hacerme amigo y explicarle la cosa, que yo no quería pelear ni era guapo ni nada, y que todo había sido un malentendido.


Esa misma noche, salí a buscarlo a la esquina donde siempre se paraba.. Lo encontré. Estaba boqueando despatarrado con un cuchillo clavado en el pecho. El hombre tenía muchos enemigos. Raro, que el que lo había matado ni la daga se había llevado. Me agaché a ver si lo podia ayudar, y traté de sacarle el cuchillo. Estaba en eso, cuando apareció un policía en la calle. Yo, con el susto, me escapé con el cuchillo en la mano.


No alcanzó a verme la cara y con la neblina me escabullí y tire el facón por ahí, pero desde un zaguán alguien me habia visto corriendo con el cuchillo, y me reconoció.


Como el muerto tenía tantos enemigos no era fácil encontrar al que lo mató, pero la gente empezó a decir que había sido yo. El asunto es que la bola se empezó a correr, y a los pocos días la policía me vino a buscar. Me llevaron a la comisaría, y me pasé la noche en el calabozo. Al día siguiente me sacaron de la celda y pensé que me iban a interrogar, pero había un abogado esperándome, que me sacó y me dijo que tenía que ir con él, que había alguien que me había hecho el favor de limpiarme el prontuario y quería hablar conmigo.


Me llevó a una casona en Belgrano.


Ahí lo conocí al doctor Herrera, que era hombre de prestigio y estaba en la política. El doctor me explicó que era una suerte que yo hubiera liquidado a Barroso. Barroso, me dijo, era un sicario de la oposición. Me dijo que él me había hecho un favor a mí, porque si no me sacaba me iban a dar por lo menos veinte años en Ushuaia.


Y me ofreció trabajar para él. Un hombre público siempre necesita gente que le cuide las espaldas, me dijo. Después me enteré que el hombre de confianza de él estaba muy enfermo y ya no podia seguir, asi que el puesto estaba vacante. El hombre se había ido a morir a Córdoba, porque la tisis lo estaba comiendo vivo.


Así me convertí en el guardaespaldas del doctor Herrera. No quería, pero, con la policía atrás, mejor tener un jefe importante, pensé. Me dieron un chumbo. Yo nunca había tirado, asi que me fui a un descampado a practicar un poco, por si tenía que usarlo. La verdad, que puntería nunca tuve.


Al año siguiente hubo elecciones, y yo tuve que dormir con un ojo abierto, porque la cosa venía brava. Los del otro partido nos emboscaron una noche cuando el doctor bajaba del auto para hablar en un acto. Era un matón que habían traído de Rosario los de la oposición. Cuando el doctor bajó del coche, conmigo atrás, alcancé a ver una sombra en la vereda de enfrente del comité. Lo empujé al doctor adentro del auto, y por las dudas, saqué el arma.


Nunca le había disparado a un hombre, y me temblaban las manos cuando saqué el chumbo. Tanto, que se me cayó al suelo y se disparó solo. El doctor no se dió cuenta, porque estaba de espaldas, tratando de entrar de nuevo al coche. El asunto es que alcancé a levantar el arma, pero cuando miré para enfrente, el otro tipo ya había caído. La bala le pegó en la frente, de pura casualidad. Si hubiera querido darle tan justo no me hubiera salido, vea.


Después, dos por tres había trifulcas y se tiraban unos tiros al aire, pero era más teatro que otra cosa, salvo una vez que los de la contra me quisieron hacer la boleta. Iba caminando y se me aparece enfrente escudado en una ochava un tipo con un chumbo. Me tiró, y la bala me pasó al lado de la oreja. Yo pelé el mío, muerto de miedo, porque estaba en descampado. No me va a creer, pero en el apuro tiré a cualquier lado, y la bala pegó en un farol, rebotó y le dió en el cuello al otro. Cuando me acerqué a revisarlo al muerto me di cuenta de que después del primer tiro se le había trabado el arma.


Así me hice famoso en esa época. Después, por suerte, las cosas se calmaron y nadie se me animaba, asi que no tuve que hacer mucho para hacer valer mi nombre. Seguí viviendo de mi fama de guapo y trabajando para el doctor hasta que se murió.Al final me casé, puse el corralón y me hice un hombre de familia. Será mi destino, nomás, haber sido un cobarde y que nadie se haya dado cuenta.




Autor: Gustavo.


Buenas tardes.

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6 comentarios:

A las 23 de marzo de 2010, 14:10 , Anonymous Anónimo ha dicho...

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A las 23 de marzo de 2010, 15:22 , Blogger El Gaucho Santillán ha dicho...

buen cuento, gustavo.

el yanquee dice que escribiendo asì, èl te hace ganar plata.

saludos

 
A las 24 de marzo de 2010, 1:25 , Blogger Opin ha dicho...

Don Gaucho, muy bueno este cuento, pero revise que al comienzo hay algunas palabras y frases incompletas.
Un abrazo

 
A las 26 de marzo de 2010, 9:13 , Blogger El Gaucho Santillán ha dicho...

ya lo arreglè. Un desliz

saludos

 
A las 28 de marzo de 2010, 21:25 , Anonymous Anónimo ha dicho...

Bueno, pero largo.

 
A las 13 de abril de 2010, 17:44 , Blogger leandro molins ha dicho...

Muy bueno, y si el yanqui te va a hacer ganar plata o por lo menos publicarte en una antologia de cuentos argentinos para estados unidos.

 

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