martes, 6 de abril de 2010

SATÀN ES PATADURA.

EL MISTERIO DE LA CANCHITA.



Siempre jugábamos al fútbol en el baldío que había enfrente del almacén de Sartori, hasta que alguien compró el lote y tuvimos que buscar otro lugar. No había muchas opciones, porque todos los baldíos habían desaparecido, salvo el lote que lindaba con el fondo del corralón. De pibes, habíamos oído cosas raras; los mayores nos decían que era mejor no pasar por ahí de noche, pero nunca, a ninguno de nosotros le habían dado una explicación valedera. Ahora, que ya no eramos pibes, sino muchachones, no íbamos a achicarnos por una cosa así, máxime cuando era el único lote libre que había en las inmediaciones. No íbamos a vagar como parias por barrios ajenos buscando una canchita, cuando teníamos una en nuestro territorio.

Asi fue que una tarde rumbeamos para allá, a jugar un partido. Antes de armar los equipos, se nos apareció un desconocido, que estaba por ahí, y nos pidió permiso para entrar a jugar. Como nos faltaba uno, le dijimos que sí, que no había problema. Cuando le preguntamos de donde venía porque nadie lo había visto antes por el barrio, nos indicó al oeste con un gesto impreciso, mientras nos decía "vengo de por allá".

Empezamos el partido, con el tipo jugando en mi mismo equipo. He visto jugadores de toda laya (yo mismo siempre fui apenas mediocre, para serles sincero), pero nunca ví un tronco así en mi vida. No tenía ni puta idea de como moverse en una cancha, y decir que era de un inútil, sería ser demasiado benévolo. Al fin del partido, el tipo se fue, y nuestro bando se quedó masticando la derrota, atribuida en nuestra unánime opinión a su opaca actuación. Curiosamente, ni el nombre nos quedó, porque, si bien se lo preguntamos antes de empezar a jugar, inexplicablemente después descubrimos que todos habíamos oído algo distinto.

La próxima vez que fuimos a jugar, él ya estaba ahí. Le dimos otra chance, pero la historia se repitió, y lo mismo sucedió una tercera ocasión. Lo raro era que solo aparecía en la cancha cuando decidíamos jugar, como si ya lo supiera de antemano, y era la única ocasión en la que se hacía ver.

La cuarta vez que se nos apareció, cortamos por lo sano, y no lo dejamos jugar. Le explicamos claramente que estábamos entrenando para un hexagonal interbarrial, y no podíamos tener semejante lastre en nuestra escuadra. Eramos firmes candidatos a ganar. Nos miró con desprecio, y se fue sin decir nada.

La tarde del primer partido del torneo, que era en otro barrio, el tipo ya estaba al costado de la cancha entre los espectadores esperando cuando llegamos. Perdimos por un gol tonto después de un par de rebotes improbables. No solo eso, sino que desperdiciamos cuatro penales, algo increíble. El siguiente partido, perdimos de vuelta, pero después de pelotear a nuestros rivales de un modo absoluto. El Batata, que llevaba nota de todas las acciones, contó diecisiete tiros nuestros en los postes, y ninguno entró. Los otros nos ganaron con su único ataque en todo el cotejo: un gol agónico en el último segundo. El tipo estaba también presenciando nuestra derrota.

La fecha siguiente, de vuelta algo inusual sucedió. Se nos lesionaron siete jugadores en el curso del partido. No teníamos tantos suplentes, nos quedamos en inferioridad de condiciones, y nos pasaron por encima.

El tipo, mirando nuestro fracaso. La semana siguiente, tuvimos otra actuación inexplicable; nos derrotaron seis a cero, con seis goles en contra! El coso, mientras tanto, se regodeaba en nuetra humillación. La fecha final, faltando cinco minutos íbamos cuatro a cero arriba y con el equipo rival con dos jugadores expulsados, pero de golpe, nos quedamos todos mudos, cuando nos mandaron cinco golazos, todos de media cancha, y nos sepultaron. Ùltimos, cómodos. La sonrisa del tipo no la pudimos bancar, y Monchi, el más calentón, quiso salir a boxearlo.

Mientras lo conteníamos, el tipo desapareció. Obsérvese que no digo que se fue, sino que desapareció, como si hubiera sido un espejismo. Peor todavía fue que después, hablando con la gente que estuvo presenciando el torneo, nos enteramos de que nunca nadie se percató de su presencia, en ninguno de los partidos que jugamos.

Lo más escalofriante, es que así como nadie estaba seguro de su nombre, descubrimos azorados que las descripciones que de su aspecto podíamos hacer, eran todas diferentes, y ni siquiera acerca de su indumentaria ni de su edad aproximada nos pudimos poner de acuerdo.

Nunca más jugamos en la canchita de atrás del corralón. Preferíamos tomarnos un bondi e ir a jugar a otro barrio. Al tipo no lo vimos más, y la mala racha se cortó, pero unos pibes más jóvenes, que un par de décadas después jugaron ahí, me contaron que a ellos les pasó algo parecido. Puede ser por ley de las compensaciones, digo yo: así como para algunos Maradona es Dios, yo tengo la casi absoluta certeza de que el Diablo es un patadura.


Autor: gustavo.

Buenas tardes.

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4 comentarios:

A las 6 de abril de 2010, 17:03 , Blogger Opin ha dicho...

Y si lo dejaban jugar ¿no ganaban?.
Mire, me siento identificado por lo patadura pero no por lo diablo.
Un abrazo y siga produciendo.

 
A las 6 de abril de 2010, 17:35 , Blogger El Gaucho Santillán ha dicho...

No se podìa jugar, parece.

es que el diablo era el dueño de la pelota.

Saludos

 
A las 13 de abril de 2010, 17:29 , Blogger leandro molins ha dicho...

yo soy muy malo y es mas si mal no recuerdo algun pibe mayor llego a decirme coso.
Excelente el cuento gustavo.

 
A las 10 de mayo de 2010, 14:29 , Blogger Viejex ha dicho...

Mire usted lo que son las cosas. Siempre me consideré un patadura, y resulta que ahora puedo decir que soy un jugador endiablado. Me gusta!

 

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