lunes, 14 de febrero de 2011

NOCHE DE BRUJAS




Jonás salió de su escondite entre los arbustos provisto de una pala y una linterna, se acercó sigilosamente al muro que rodeaba el cementerio, y se apresuró a escalarlo luego de asegurarse de que no había nadie en las cercanías.

Era una noche sin luna, lo cual facilitaba su trabajo porque hacía menos probable que alguien lo viera en la calle, cuando salía con su carga. Además, era Halloween, y los supersticiosos habitantes del pueblo no se atreverian a acercarse al cementerio. Sobre todo teniendo en cuenta que los más viejos sostenían que allí pasaban cosas raras cada Noche de Brujas.

A sus cuarenta y dos años no iba a dejarse asustar por cuentos de viejos, sobre todo teniendo en cuenta que el doctor Murdoch, el nuevo habitante de la casa en la colina, le había ofrecido una suculenta paga por sus servicios.

No era la primera vez que Jonás robaba cadáveres del cementerio para el extraño doctor, pero esta vez Murdoch exigió un cadáver fresco, porque, según dijo, el avanzado progreso de sus experimentos hacía indispensable "material de estudio no putrefacto".

Por eso, justamente, se contactó con Jonás esa misma tarde, avisándole que el día anterior había fallecido la joven hija de Harris, de un súibito ataque al corazón.

El mismo doctor había firmado el certificado de defunción y había examinado el cuerpo, considerándolo útil para sus fines. Jonás, ebrio como de costumbre, se había despejado lo suficiente como para ultimar los detalles con el médico, y asegurarse una suculenta paga. Para ello, fingió temer a los espíritus que rondaban el cementerio en la Noche de Brujas, hasta que el doctor duplicó la oferta original con el objeto de mitigar sus fingidos temores.

Mientras comenzaba a excavar en la tumba abierta ese mismo día, Jonás se preguntaba para qué necesitaba el doctor tantos cadáveres, y sobre todo, cada vez más frescos.

La muerta era una hermosa muchacha, tal vez el buen doctor tenía algunas inclinaciones extrañas…bueno, eso no era asunto suyo, si la paga era suficiente.

Tomó otro trago de aguardiente de su infaltable petaca, y continuó hundiendo la pala en la tierra. Si bien el ataúd estaba profundo, la tierra estaba aún floja, haciendo la tarea más fácil.

La pala de Jonás hizo un sonido inconfundible, revelando que había tocado madera. El ladrón de cadáveres apuró su ritmo, para dejar la tapa del ataúd libre. Al hacerlo, comprobó con sorpresa que la madera de la tapa del ataúd estaba medio podrida.

Imposible en un ataúd nuevo, se dijo Jonás. Intrigado, golpeó débilmente con la pala la tapa, que se desintegró fácilmente. Separando los pedazos de madera, acercó su linterna al interior, mientras advertía que el vaho de la putrefacción invadía su nariz.

El cadáver rozagante que esperaba encontrar, se había convertido en una masa horripilante de huesos malolientes, unidos por colgajos de carne podrida donde los gusanos se cebaban a sus anchas. Jomás sintió por primera vez en su vida en miedo absoluto, que inundaba cada rincón de su cerebro, y le compelía a huir de aquella tumba maldita.

Y eso hizo, dejando todas sus herramientas, lanzó un aullido de terror y comenzó a correr, saltando el muro del cementerio e internándose en el bosque hasta que agotado, cayó dormido entre las malezas.

La luz del sol en su rostro le hizo abrir los ojos. Se reincorporó, y se dirigió al pueblo. Sin dudarlo, se encaminó hacia la taberna de Flanders que estaba a la salida del pueblo. Le dolían todos los huesos, como si fuera un anciano, y necesitaba algo fuerte. Cuando entró al pueblo, no lo reconoció. En el curso de la noche, todo había cambiado: las calles, las casas, todo se veía diferente.

No había nadie en la calle, pero la taberna seguía en pie, solo que el edificio había sido pintado y renovado. Sin entender qué pasaba, entró, y se acercó a la barra. Un par de desconocidos se acodaban en el mostrador. El tabernero se volvió a mirarle y Jonás advirtió con espanto que no se trataba de Flanders, sino de su joven hijo, convertido de pronto en un hombretón que ya empezaba a mostrar un par de canas en sus sienes.

Aterrado, Jonás vio la reflexión se su propio rostro en el espejo que colgaba tras el mostrador, y casi no se reconoció al ver que se había convertido en un anciano decrépito.

(Autor gustavo)


Buenas Tardes.

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3 comentarios:

A las 18 de febrero de 2011, 20:36 , Blogger Tatuagem ha dicho...

Mejor no se meter en cementerio. Besos!

 
A las 21 de febrero de 2011, 12:44 , Blogger Anónimo vocacional ha dicho...

un resultado que desafía la crisis mundial 

 
A las 21 de febrero de 2011, 15:57 , Blogger El Gaucho Santillán ha dicho...

Hola.

Anonimo vocacional, debe ser asì!!! gracias por pasar.

Tatuagem, um abrço amiga!!

Saludos

 

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